La democracia - Quinta Parte - Justicia para erizos - Libros y Revistas - VLEX 582180582

La democracia

Autor:Ronald Dworkin
Páginas:460-484
 
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XVIII. LA DEMOCRACIA
LIBERTAD POSITIVA
Consignas y preguntas
El segundo principio de la dignidad protege la responsabilidad ética
personal. En el capítulo anterior estudiamos un aspecto de esa respon-
sabilidad. La dignidad requiere la independencia con respecto al go-
bierno en asuntos de elección ética, y ese requerimiento está en la base
de cualquier teoría plausible de la libertad negativa. Pero en otros asun-
tos, la dignidad no requiere esa independencia: una comunidad política
debe tomar decisiones colectivas sobre la justicia y la moral y tener el
poder coactivo sufi ciente para hacerlas cumplir. De ese modo se pre-
para el escenario para la cuestión de la libertad positiva. No puedo ser
libre del control coactivo en asuntos de justicia y moral, pero mi digni-
dad requiere que se me permita tener un papel en las decisiones colec-
tivas que ejercen ese control. ¿Qué papel debe ser ese?
Pronto quedamos metidos hasta el cuello en consignas. Solo la de-
mocracia puede brindar dignidad. El gobierno debe ser del pueblo, por
el pueblo y para el pueblo. El pueblo debe autogobernarse. Cada ciuda-
dano debe tener un papel igual y signifi cativo. Una persona debe tener
un voto, y nadie más de uno. Ningún hombre, dijo Locke, nace para
gobernar o ser gobernado.1 Debemos tratar de rescatar la libertad po-
sitiva de esas consignas, porque no existe claridad alguna acerca de su
signifi cado. El concepto de democracia es un concepto interpretativo y
muy discutido. ¿Qué puede signifi car que “el pueblo” se gobierne a sí
mismo cuando muy pocos de sus miembros tienen un poder aunque
sea mínimamente importante para determinar cuáles serán las leyes?
El estilo del “ganador se lleva todo”, común en Estados Unidos y en
Gran Bretaña para la elección de representantes parlamentarios en
cada distrito electoral, es muy diferente del sistema de representación
proporcional vigente en otros países. Dada la misma distribución de
intereses, convicciones y preferencias, es probable que se dicten leyes
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bastante diferentes según cuál de estos dos sistemas esté en vigencia.
¿Es un sistema más democrático que otro? ¿Es la práctica del control
de constitucionalidad, que permite a jueces designados de por vida de-
clarar inconstitucionales actos legislativos y ejecutivos, ilegítima por
ser antidemocrática? ¿O es, antes bien, un correctivo necesario y desea-
ble de la democracia? ¿O es —tercera posibilidad— una práctica real-
mente esencial para construir una genuina democracia? Cada una de
estas posiciones cuenta con un amplio respaldo, y no podemos elegir
entre ellas sin elegir entre las concepciones de la democracia y defender
nuestra elección.
¿Quiénes son el pueblo?
Antes de abordar esas preguntas tradicionales enfrentamos otro inte-
rrogante, de carácter liminar. ¿Quiénes son el pueblo? Un día, el Japón
otorga iguales derecho de voto a los ciudadanos de Noruega para que,
de desearlo, estos puedan elegir una pequeña bancada de compatriotas
en la Dieta japonesa. A continuación, esta vota por mayoría la fi jación
de impuestos al petróleo noruego y encauza lo recaudado hacia las re-
nerías japonesas. Esta fantasía distaría de proporcionar el autogo-
bierno a los noruegos. Si alguna forma de proceso mayoritario ha de
resultar en un genuino autogobierno, deberá ser el gobierno de una
mayoría del pueblo que corresponde.
El gobierno del pueblo que corresponde pareció más importante a
más gente —a los pueblos de África luego de la Segunda Guerra Mun-
dial, por ejemplo, o a los ciudadanos blancos del sur estadounidense con
anterioridad a la Guerra de Secesión— que su papel como individuos en
ese gobierno. Las personas quieren ser gobernadas por otras que sean
relativamente semejantes a ellas. A menudo no está claro qué signifi ca
esto. Se ha considerado que la actitud justifi ca muchas formas diferentes
de tribalismo o nacionalismo: de raza, religión, lengua, parentesco e in-
cluso, como en el viejo Sur, de circunstancia o interés económicos. His-
toriadores, estadistas y políticos no pueden ignorar el vigor de estas di-
versas fuerzas centrípetas: ellas siguen impulsando a la gente hacia la
violencia más terrible. Pero no tienen una fuerza normativa intrínseca.
No hay una respuesta no histórica correcta a la pregunta: ¿sobre la base
de qué principio debería la gente dividirse en comunidades políticas? No

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