Los sentimientos morales - El filósofo y el mercader - Libros y Revistas - VLEX 588691474

Los sentimientos morales

Autor:Víctor Méndez Baiges
Páginas:131-208
 
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III. LOS SENTIMIENTOS MORALES
Él [Adam Smith] quería enseñar cómo
el hombre, de ser un salvaje, se alza has-
ta llegar a ser un escocés.
WALTER BAGEHOT
1. El propósito de “La teoría
de los sentimientos morales”
La teoría de los sentimientos morales constituye la prime-
ra versión publicada de las ideas que Smith expuso
en su curso de filosofía moral en Glasgow, en el cual,
y por lo que sabemos, su contenido encajaba como
la segunda parte. Constituye una aportación brillan-
te a la polémica contemporánea acerca del origen
de los juicios morales realizada desde el lado empi-
rista e ilustrado. Es también, y sin ninguna duda,
la obra más acabada, hasta el preciosismo, dentro
del opus smithiano. Sabemos que su autor dedicó
muchos esfuerzos a corregirla, y que en su sexta edi-
ción, la del año de la muerte de Smith, éste aún tuvo
tiempo de añadirle numeroso material. Y hay pistas
que indican que tenía mejor concepto de esta obra,
más sistemática y filosófica, que de la que publicó en
1776. Pero, a pesar de eso y de su buena recepción
inicial, La teoría ha sido luego tradicionalmente mi-
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nusvalorada, apartada como un texto que ha de
tenerse por no logrado. Y puede afirmarse que es la
“cientificidad” y la férrea adaptación entre su estilo y
su tema, la forma profesoral en la que se quiere pre-
sentar todo el sistema de la moralidad, lo que más
ha acabado perjudicándola. Que su decidida preten-
sión científica es lo que la hace aparecer hoy tan
envejecida.
El propósito más obvio de La teoría de los sentimien-
tos morales parece consistir en aplicar el método new-
toniano al estudio de la moralidad y, en concreto, a
la investigación en torno al origen de las normas y
de los juicios morales. Y si el propósito general de la
filosofía consistía, según Smith, en establecer las ca-
denas causales y los principios conectivos que unen
entre sí al conjunto desordenado de los objetos que
se dan a la experiencia, lo que ha de considerarse
aquí como lo dado primariamente a la experiencia
es el conjunto de los sentimientos morales. Y lo que
debe considerarse que busca aquí la investigación
filosófica son los principios que rigen su funciona-
miento. Pues La teoría parte del supuesto empirista
de que los juicios de aprobación y desaprobación
moral derivan de unos sentimientos que son algo
más básico que ellos y de los cuales son expresión. Y
de que no es en la razón humana donde debe bus-
carse, por consiguiente, el origen de los mismos. Por
eso el tipo de pensamiento representado por las
grandes teorizaciones del iusnaturalismo es descrito
en La teoría como un grupo de “sistemas que hacen
de la razón el principio de la aprobación [moral]”, y
que fueron bien recibidos en “un tiempo en que la
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ciencia abstracta de la naturaleza humana estaba
aún en su infancia, y antes de que los distintos ofi-
cios y poderes de las diferentes facultades de la men-
te humana hubieran sido cuidadosamente examina-
dos y distinguidos entre sí”.
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Uno de los ejemplos más claros, y particularmente
hiriente para Smith además, de esos sistemas que
hacen de la razón el principio de aprobación era el
construido por Thomas Hobbes, el cual había conse-
guido en el Leviatán (1651) explicar toda la conduc-
ta humana desde el cálculo de los intereses egoístas,
y había logrado hacer derivar todo el mundo moral
de las consideraciones acerca del dolor y del placer
que se hacen los hombres en tanto que seres racio-
nales. Otro buen ejemplo de esos sistemas lo sumi-
nistraba el propuesto por Bernard de Mandeville,
quien, siguiendo en cierta forma las huellas de Hob-
bes, parecía haber asestado con su Fábula de las abe-
jas, aparecida en 1729, el golpe de gracia al moralismo
tradicional y, encarnando la esperanza expresada
por Locke en el Ensayo sobre el entendimiento humano
de llegar a formular un sistema moral tan suscepti-
ble de demostración como las matemáticas, había
realizado en esa obra una muy convincente reduc-
ción de todas las pasiones al egoísmo, así como de
todas las virtudes a la vanidad y al engaño.
Mandeville, y siguiendo de cerca al Leviatán, había
descrito en la Fábula al ser humano como un animal
egoísta que perseguía únicamente su propio benefi-
cio, pero también había observado que el camino
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TMS VII. iii. 2. 5.

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