Mis quince días de ministro - Escritos políticos - Libros y Revistas - VLEX 684095329

Mis quince días de ministro

Autor:Melchor Ocampo
Páginas:55-84
 
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a publicidad es la mejor de las garantías en los gobiernos. Si cada
hombre público diese cuenta de sus actos, la opinión no se
extraviaría tan fácilmente sobre los hombres y sobre las cosas.
Siguiendo estas dos reflexiones que a mi mente se ofrecen como
axiomas, he creído que es un deber mío publicar, cuando sea
oportuno, los motivos de mi conducta pública, cuando fui nom -
brado representante por Michoacán, hasta que me separé de
los ministerios de Relaciones y Gobernación. No diré todo lo
que observé y pasó; parte por consideraciones a algunas perso -
nas, parte por extraño a mi principal intento, parte porque juzgo
perjudicial hoy a la causa misma de la revolución, cuyo objeto y
feliz desenlace deseo, pero seguro de que nada de lo que calle
perjudicará a la debida exactitud y claridad de lo que escriba.
El 17 de septiembre llegué a la República de vuelta de mi des -
tierro, y el 23, a México. Cuando recibí el nombramiento de
consejero del Distrito, apenas llegado a esa ciudad, lo rehusé sin
la menor excitación, y tuve que vencer mi habitual deseo de
obsequiar a uno de los amigos que más amo. Por cuantas seduc -
ciones de raciocinio y sentimiento son posibles a persona de ima -
ginación, sensibilidad y gran talento procuró domar mi primera,
instintiva y después reflexionada repulsa. Lo más que consiguió
MIS QUINCE DÍAS DE MINISTRO
L
fue que no publicara mi renuncia. Uno de mis más marcados
defectos es la prontitud en las resoluciones, siendo otro, aunque
menor (porque no siempre incido en él), la obstinación con
que persisto en la resolución tomada. Sin embargo, al recibir
poco tiempo después mi nombramiento de representante, dudé,
y por varios días, de lo que debía hacer. No veía claro mi deber
en aquel caso. Juzgué tal duda como una degeneración de mi
ca rácter, y, doliéndome de ello con algunos amigos, tuve ocasión
de ir formando juicio. Al fin, por lo que todos me decían, y
principalmente por el dictamen de personas cuya imparcialidad,
sensatez y benevolencia eran para mí seguridades de acierto,
me resolví a ir a Cuernavaca, no sin una notable repugnancia;
aunque no hubo uno solo que me hablara contra el viaje.
Salí, pues, de México por la diligencia del 3 de octubre, y
en la mañana de 14 pasé desde temprano a la casa llamada
Cerería, en la que estaban alojados muchos de los represen-
tantes, en su mayor parte antiguos amigos míos. Oí varios
cómputos sobre la inmediata elección, y dije, porque a ello
se me invitó, que yo iba a votar por el señor Álvarez;1no por
su mérito (aunque se lo reconozco grande e innegable, por-
que considero la suprema magistratura una comisión de difí-
cil desempeño, y no una recompensa de buenos servicios),
sino por que creí que era el único ante cuyo nombre callasen
los am bi ciosos vulgares que se creían con derecho a ella. Ene-
migo como siempre he sido de toda intriga, aunque sea elec-
toral, supliqué al señor Alcaraz, que allí se hallaba, se dignara
1Juan Álvarez Hurtado (1790-1867). Político y militar. Fue presidente in-
terino de México del 4 de octubre al 11 de diciembre de 1855. Durante
su breve mandato convocó a un Congreso Constituyente y abolió los
fueros militar y eclesiástico.
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