Protestas que hice en la causa de 1843 - Miscelánea de política (Selección) - Libros y Revistas - VLEX 686809793

Protestas que hice en la causa de 1843

Autor:José María Lafragua
Páginas:25-41
 
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l día 30 de abril de 1843 fue preso el señor Pedraza. En
la tarde del 2 de mayo supe, por tres conductos, que es-
taba dada la orden para aprenderme, así como a los señores
Riva Palacio,1Otero y Olaguíbel.2Pude ocultarme, pero como
en realidad estaba inocente, no quise hacerlo, y, a las siete de
la noche, fui a casa de Olaguíbel, que se hallaba en Puebla, con
el objeto de avisarle. Le escribí en efecto y remití a D. Mariano
Vargas, quien obró con tal exactitud que logró ver a Olaguíbel
en su molino antes de que llegaran los agentes de la comandan -
cia, consiguiendo de esta manera librarse de la prisión.
PROTESTAS QUE HICE EN LA
CAUSA DE 1843
E
1Vicente Riva Palacio (1832-1896). Militar, político, jurista, historiador y
escritor, miembro del partido liberal. Además de ser autor de una extensa
obra literaria, escribió la que se considera la “historia oficial” del régimen
liberal: Mexico a través de los siglos.
2Francisco Modesto Olaguíbel Martiñón (1806-1865). Político y abogado.
Fue gobernador del Estado de México, primero interino y, posteriormente,
constitucional, en 1846. Siendo senador, fue desterrado por Santa Anna
en 1853 a causa de los discursos que pronunció a favor de las libertades
restringidas por el dictador. El presidente Álvarez lo nombró embajador
en Francia, cargo al que renunció en 1857. Regresó a México en 1861 y desem -
pe ñó altos cargos públicos, entre otros, los de procurador general de la
Re pública y diputado al Congreso de la Unión.
Yo me dirigí al teatro principal, a cuya puerta encontré a
los señores Balderas, R. Veramendi, Magaburu y Collado,
quienes me instruyeron de que, a la entrada de la sala, me es-
peraban dos oficiales para aprehenderme. Uno de ellos, D. A.
Cosmes, lo había dicho con el objeto de que llegara a mí la
noticia. Pude librarme aún, pero la seguridad de mi inocencia
me decidió a entrar. Luego que llegué, se me intimó la orden
y en el acto marché a Palacio, donde fui encerrado en un
cuarto bajo con centinela de vista.
Al día siguiente, D. Antonio Bonilla me condujo en coche
al cuartel de Los Gallos. Fui colocado en la sala donde se cele -
bran los consejos de guerra, que también sirve de capilla a
los ajusticiados. D. Luis Veraza, teniente del regimiento ligero,
me ofreció, desde luego, sus servicios, mas, como las órdenes
eran muy severas, poco pudo hacer en los tres primeros días.
Todo cuanto se me llevaba era registrado. Además del centinela
de vista, entraba con frecuencia el oficial de guardia y, en fin,
se nombró un capitán que turnaba diariamente para que me
vigilase. Ya se ve: se había pintado la conspiración como una
cosa realmente horrorosa.
Todos los oficiales se manejaron bien, excepto el capitán
D. Jesús Monteverde, que fue quien me recibió y que, tanto en
ese día como el cuarto, en que le tocó su turno, me trató con suma
aspereza. En la noche de este cuarto día, Monteverde asistió,
como de ordinario, a mi cena; y luego nos quedamos solos.
Me dijo: “Excúseme usted si le he tratado con dureza, pero
yo no lo conocía; las órdenes son terminantes y se nos ha pin-
tado a usted como un malvado. Ahora que sé la verdad, me
pongo enteramente a su disposición de usted y le pido su amis -
tad”. Desde aquel momento pude haberme fugado si hubiera
querido, pues, además de Monteverde, contaba con otros varios
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MISCELÁNEA DE POLÍTICA

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