Una premisa fundacional: ser para todos - Núm. 6, Junio 2007 - Andamios. Revista de Investigación Social - Libros y Revistas - VLEX 78769659

Una premisa fundacional: ser para todos

Autor:José Ángel Saiz Aranguren
Cargo:Doctor en filosofía. Profesor de bachiller en un instituto de Navarra
Páginas:81-94
 
ÍNDICE
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Este ensayo destaca las principales ideas acerca de los derechos humanos dentro del proyecto ético de Fernando Savater. Éstos constituyen, en primer lugar, el mínimo común denominador de la dignidad humana. Deberían servir no sólo como fundamento de las constituciones democráticas, sino también como último criterio para juzgar los preceptos legales y los regímenes políticos de cualquier rincón del mundo. Pero ¿quién tiene su titularidad: personas individuales y concretas, o personas jurídicas o étnicas, en cualquier caso, colectivas? Para Savater, a diferencia de otros derechos que se pueden dirigir a entidades comerciales o culturales, corporaciones, autonomías, naciones, etcétera, los derechos humanos no pueden tener como titulares a los sujetos colectivos por la sencilla razón de que no hay seres humanos colectivos. Desde sus primeras formulaciones, estos derechos pretendían poner la sociedad al servicio de los fines del individuo rescatándola de las costumbres del grupo. Es aquí donde se plantea el enfrentamiento entre humanismo y colectivismo o entre universalidad individualizante y tradicionalismo homogeneizador. Trataré de precisar esta confrontación entre humanismo y colectivismo.

PALABRAS CLAVE: Derechos humanos, democracia, libertad, proyecto político, autonomía.

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Como no existe padre sin hijo y viceversa, no existe derecho sin obligación y viceversa. [...] El derecho cosmopolita es el derecho del futuro que debería regular no ya el derecho entre Estados y súbditos, ni el derecho entre Estados, sino entre los ciudadanos de los distintos Estados. Page 82

FERNANDO SAVATER1 AFIRMA QUE "la verdadera actitud ética es la de quien se decide a empezar su sociabilidad [...] incluso contra tantas cosas socialmente vigentes". Sin esta elección no hay sociedad como proyecto. Avanzar en su desarrollo, perfeccionamiento y extensión es función bien de la sociedad o bien de las personas como miembros de la sociedad, o sea de los seres públicos. Siempre teniendo presente que "los ideales son sociales, pero esta sociedad no es ideal" (Savater, 1999c).2

De esta forma, el anhelo ético se halla inmerso en una sociedad y ocupa un lugar muy determinado: el espacio de la democracia y los derechos humanos. Este ámbito social sería la consecuencia natural, lógica y, en definitiva, inevitablemente humana de la visión ética savateriana. Es decir, lo bueno aparece como lo que fundamenta la sociabilidad humana. En la sociedad es donde se da el "caldo de cultivo" de la humanidad. No hay seres humanos asociales. Se puede traicionar el pacto social, pero no salirse de él. Y la única forma de participación social es el respeto de los derechos humanos. Así se formará la sociedad civil propia de ciudadanos: la democracia. Según esta idea, la democracia pretende sustituir el privilegio discriminador del origen por la participación voluntaria en la gestión política y en la configuración plural de la unidad colectiva. Para ello debe tener como contenido esencial la negación de lo originario: los derechos humanos.3 Según Giacomo Marramao existe una premisa de valor de la democracia que se fundamenta de un modo similar: Page 83 el carácter intangible de los derechos humanos entendidos como derechos individuales, es decir, derechos inalienables de cada persona [...]. Si optamos por el principio del derecho a la vida y a la libertad de cada individuo, tenemos que escoger la forma democrática. (Marramao, 1996: 94)

Fundamentación y disputa de los derechos humanos

Comenzaré por lo "impopular de la democracia":4 por los derechos humanos. Las democracias efectivas se rigen por el juego de mayorías y minorías que deciden, y cuya legitimidad moral muy pocos ponen en duda. El bien común sólo es un argumento teórico y, en general, no se utiliza en absoluto. Pero frente a esta realidad de decisión de una mayoría sobre una minoría en un marco de procedimiento legal y reglamentario, aparece la democracia como un sistema de participación civil y con unos valores que son los derechos humanos.

Hace años, Jürgen Habermas sostuvo que una decisión formalmente democrática (se denomina así por haberla tomado una mayoría), si no respeta los derechos humanos, no es democrática.5 Savater lo explica convenientemente en Humanismo impenitente: Page 84

El nuevo proceso de comunidad no puede provenir del repliegue, sino de la ampliación que supera todo límite anterior; no surgirá de la identificación automática o de la pertenencia, sino de la participación discriminada, la opción responsable e incluso el distanciamiento irónico. Formas de soledad, si se quiere, pero de una soledad consciente de ser universalmente compartida. El auge del interés por los derechos humanos (que es a la vez ético, jurídico y político) hinca aquí sus raíces. Lo más difícil es el doblegamiento de la violencia por la vía de la comunicación y la legalidad. (Savater, 1990: 185)

En este planteamiento, la paz -o el "doblegamiento de la violencia"- se basa en el respeto a los derechos humanos. Así ocurre en la novela de Mary Shelley: "Dame mis derechos -dice el monstruo- y verás cómo soy bueno" (Savater, 1976: 9; 1995b: 134). A partir de este punto se debe discutir. Ahora surge la siguiente pregunta: "¿Cómo ser pacifista y acatar juntamente la razón de Estado, dentro de cuya lógica la guerra es perfectamente asumible?" (Savater, 1996a: 184). Por tanto, los derechos humanos van contra los intentos de convertirnos en una pieza más del organismo estatal. No se deben supeditar a los derechos estatales: por una parte van las leyes civiles y por otra las exigencias éticas.

El Estado y el individuo dependen uno de otro. Pese a ello, se debe tomar partido por el individuo y el individualismo porque el Estado es para los individuos, no los individuos para el Estado. Por consiguiente, los derechos humanos hablan de individuos, porque "la escala humana de la modernidad democrática es la persona individual, no de grupo" (Savater, 1996a: 184).6 Esta idea aparece también sintetizando el capítulo Page 85

"Todos para uno y uno para todos" de Política para Amador (1993a): diríamos que no debemos ser lo que somos, sino mejorar lo que somos y esto se hace gracias a los derechos humanos. Es aquí cuando nos tratamos como personas; es aquí de donde nacerá ese grupo social de participación y de formación que aplicará las leyes por igual, relativizando el autoritarismo de las partidos y desarrollando otras formas paralelas de participación pública (asociaciones, colectivos, etcétera); es aquí donde la ética y la política se desarrollarán en sus fundamentos: ser realmente humano como persona y ser realmente social como sociedad.

De acuerdo con esta división, en Las razones del antimilitarismo separa los derechos humanos individuales que consisten en libertades y los sociales que reivindican poderes; por los primeros se "nos dejará hacer" y por los segundos se nos "ayudará a hacer y se vendrá en socorro de nuestras deficiencias".7 Los primeros provienen de "nuestros méritos y buenas obras" y los segundos se nos dan merced a lo que nuestro filósofo denomina "comunión de los santos". Aún con estas diferencias algo poseen en común: todos están sujetos al relativismo de la época y expresan la esencia de la dignidad que sólo se logra por el consenso activo de los hombres. Los derechos humanos son "la codificación...

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