Paz constitucional - Los hombres en armas - Historia general de la Revolución Mexicana I - Libros y Revistas - VLEX 684126941

Paz constitucional

Autor:José C. Valadés
Páginas:269-302
 
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Capítulo VI
Paz constitucional
LOS HOMBRES DE LA REVOLUCIÓN
La entrada triunfal de Francisco I. Madero y de las fuerzas del Ejér-
cito Libertador a la Ciudad de México, así como fue espectáculo, tam-
bién significó humillación para los metropolitanos. Éstos, ya se ha
dicho, acostumbrados a las paradas militares y procesiones cívicas
del porfirismo, en las que se hacía alarde de poder, elegancia y so-
lemnidad, consideraron que el aparato del maderismo, aparte de ser
ridículo por la indumentaria y sencillez de su gente, era débil debido
a la desorganización y pobreza del armamento de sus soldados.
Con esa representación maderista, la población urbana siguió
preguntándose cómo era posible que la pompa y el dinero, el saber
y la experiencia del régimen porfirista hubiesen sido derrotados. La
interrogación, hasta los días que se sucedieron al triunfo de Madero,
era respondida con mucho comedimiento. La Ciudad de México
todavía estaba aturdida, y en voz baja hacia las más atrevidas de-
ducciones sobre el cómo de la victoria revolucionaria. La prensa
periódica del porfirismo, que mediante un barniz de neutralidad, no
dejaba de ser portavoz de los intereses de los hombres y grupos del
gobierno caído, sin censurar la presencia rústica en la capital de la
República, deslizaba locuciones desdeñosas para la democracia y
los demócratas, de manera que poco a poco iba incitando al vulgo a
menospreciar a los triunfadores. Dueña de sí misma, puesto que no
había perdido hombres, ni honra, ni intereses, ni posición como
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consecuencia de la guerra civil, la capital estaba cierta de que conti-
nuaría su poderío y con esto, la discriminación de lo pueblerino. La
soberbia era tanta, principalmente entre la clase media ilustrada de
la ciudad, que nadie intuyó la trascendencia de lo acontecido, cre-
yéndose que la gente rural sólo había servido de “carne de cañón”, y
por lo mismo era ajena a una idea propia, capaz de cambiar los ci-
mientos de la nación.
Hecha al hábito de escuchar y seguir no sólo al gobernante, sino
también a los hombres que con su pluma parecían dirigir la opinión
pública, si la Ciudad de México desdeñaba el teatro popular del ma-
derismo, mayor era el desprecio hacia quienes se llamaban hombres de
la Revolución; y se les apellidaba así, porque se suponía que consti-
tuían la clase selecta de los triunfadores.
Caracterizábanse como los primeros hombres de la Revolución,
Madero y los cinco ministros que el maderismo había colocado den-
tro del gabinete del presidente provisional licenciado Francisco León
de la Barra. Caracterizábanse como complemento de los hombres de
la Revolución quienes, sin sobresalir en los negocios públicos, se
hallaban en los palcos segundos del teatro antirreeleccionista y
maderista. Entre éstos Luis Cabrera, Jesús Urueta, Juan Sánchez
Azcona, José Vasconcelos, Federico González Garza, Gustavo A.
Madero, José Ma. Pino Suárez, Abraham González. Los nuevos go-
bernadores, que en su mayoría correspondían en ligas y principios
a las filas revolucionarias, no alcanzaban el honor de estar dentro
del marco de los hombres de la Revolución. Esto indicaba la poca
estimación que se tenía a la gente y problemas lugareños. Y los go-
bernadores, no obstante la ignorancia de los individuos medio ilus-
trados de la metrópoli eran, hacia el otoño de 1911, los principales
lugartenientes de Madero.
Éste, bajo el influjo de la prosopopeya porfírista, y de las socieda-
des de elogios mutuos, que fue organización básica del gobierno caí-
do, creyó difícil que la Revolución, sin desmerecer su doctrina y su
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fama, pudiese competir en hombres con los del elenco porfirista. Den-
tro de éste, los calificativos de sabio, ilustre, erudito, que eran aplicados
a las medianías investidas artificiosamente por la propaganda intere-
sada, habían hecho creer al país en una verdadera y real existencia de
prohombres, cuando lo cierto era que tales individuos estaban adjeti-
vados como meras partes decorativas del gobierno de don Porfirio.
Sin embargo, frente a ese gran escenario admirablemente organi-
zado, resultaba casi imposible que los hombres de la Revolución pu-
diesen sobresalir, sobre todo continuando el apogeo de la prensa
periódica porfirista que, defendiendo a la corte de la falsa sabiduría,
se defendía a sí misma, puesto que hacía suponer que sólo dentro de
tal periodismo estiban los hombres capaces de escribir y de pensar.
Rebajados, pues, los méritos a que eran acreedores algunos de
los adalides de la Revolución, Madero se sentía tan prohibido como
sus primeros y eficientes colaboradores. De esta manera, su planta
selecta pareció deficiente, y por lo tanto incapaz de poseer los atribu-
tos necesarios para desarrollar las reformas políticas y electorales
anunciadas como hechos salvadores de la República, por los porta-
voces de la Revolución.
Esa falta de séquito ilustrado y brillante, colocó a Madero en si-
tuación difícil, toda vez que, para cumplimentar al pasado, se vio en
la necesidad de aceptar como colaboradores a quienes nacidos y
crecidos bajo la idea y práctica del porfirismo, no tenían aptitudes
para apartarse de sus principios formativos.
Un oscuro y atormentador porvenir se presentaba a México con
esa deficiencia de los triunfadores, que por los días que se siguieron a
la organización del gobierno de De la Barra, era incorregible.
LOS VOLUNTARIOS DE LA GUERRA
Junto a los improvisados jefes y soldados de la Revolución había
surgido una nueva, aunque vacilante y bisoña pléyade de hombres,

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