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La nueva gobernabilidad. Una reflexión para los tiempos de la turbulencia

Autor:Samuel Schmidt
Páginas:89-137
 
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Samuel Schmidt
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Capítulo III
La nueva gobernabilidad.
Una reexión para los empos de la turbulencia129
“El pueblo que renuncia a autogobernarse es un pueblo que
sólo se deja gobernar por la fuerza, es decir, que favorece él
mismo el desposmo”.
Antonio Hermosa
Introducción
El concepto gobernabilidad normalmente se uliza para indicar que existe algún
problema alrededor de la acción de gobernar atribuido a la sociedad. Para el
gobierno representa la “resistencia” de los ciudadanos para ser conducidos, lo
que se traduce en diversas formas de rebeldía porque la sociedad no “se deja
gobernar”; por otro lado, hay una corriente académica que considera que la
falta de gobernabilidad consiste en la falla del gobierno para gobernar de una
manera adecuada, lo que de entrada descarga de la espalda de la sociedad la
responsabilidad sobre la armonía sociedad-gobierno, trasladándola al terreno de
la eciencia y ecacia gubernamental.
En La Capacidad de Gobernar, Yehezkel Dror (2001) sosene que los
gobiernos se sustentan en paradigmas obsoletos, enen un manejo inadecuado
de la tecnología para gobernar (cuantas de las grandes computadoras del gobierno
se ulizan como rapidísimas máquinas de escribir o impresoras de cheques, pero
no para guiar los esfuerzos de las administraciones) y con demasiada frecuencia
toman decisiones sin analizar sus posibles consecuencias, de ahí que muchas
veces cuando éstas son negavas los países no estén preparados para atenderlas,
129 Una versión previa de este capítulo se publicó cómo Schmidt 2005.
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los gobernantes no explican las decisiones, ni educan a su sociedad para esperar
consecuencias de los actos de gobierno. Las decisiones son apuestas, y pueden
ser apuestas de alto riesgo, cuando el régimen es democráco y la apuesta resulta
negava, los gobernantes podrán contar con el apoyo de sus sociedades, de otra
manera, ante la adversidad, el gobierno se escuda tras sus capacidades autoritarias
someendo a la sociedad.
La calidad de la gobernación es mala, los polícos carecen de educación como
gobernantes, no enen imaginación, se mueven en el terreno de lo convencional
y no se les ocurren decisiones creavas e ingeniosas. El que se haya cambiado la
denominación de gobierno por administración, demuestra la degradación del arte
de gobernar y el alejamiento de la concepción de la construcción de consenso
para asumir que la cuesón consiste en administrar130. En México además de éstas
consideraciones negavas, los polícos apuestan a la poca o nula memoria social
y a que el empo ayuda a borrar los vesgios del abuso y la impunidad. Tal vez
por eso el gobierno del PAN intentó restarle importancia al estudio de la historia,
o pensaron que con ellos renacía el país y el pasado se volvía irrelevante, con lo
cual se desprendían de una simbología cohesionante e identaria. Los militantes
del pardo carecen de estatura histórica, acercan peligrosamente al gobierno a
la religión al nombrar calles Juan Pablo II como han hecho en varias ciudades,
generando prejuicio y reduciendo las bases de seguimiento y soporte social. El
resultado es contrario a la democrazación.
La Ciencia Políca se ha orientado a ver la políca desde el punto de vista
de las necesidades del estado y la élite políca, los individuos –sean ciudadanos o
no- son simples sujetos afectados por las decisiones provenientes de arriba hacia
abajo, por ende están despojados de la capacidad concreta de inuir aunque el
sistema sea abierto y acepte alguna inuencia en la toma de decisiones.
Temas centrales como la libertad y la democracia se ven como concesiones del
Estado o el gobierno y no como derechos inalienables de la sociedad, cuyo avance
ha sido resultado de luchas sociales que no conviene minimizar, porque muestra
las discrepancias en la relación sociedad-estado. Por eso se desconciertan cuando
la sociedad se rebela saliéndose de los cauces esperados.
Desde la sociología políca se piensa que se debe medir el grado en qué la
sociedad inuye, aunque consideran que esta inuencia casi se circunscribe al
desno de los recursos públicos131, no a la determinación de las grandes polícas,
130 Se podría sostener que han aceptado la denición de que la política es la administración de los negocios públicos,
la que sin duda es una denición simplista, supercial y muy cargada de ideología.
131 Un ejemplo de libro de texto se reere a la capacidad de los individuos para inuir que se les construya una
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cuya denición, formulación y aplicación, parece estar desnada exclusivamente a
los formuladores de cursos de acción políca, los que con certeza gozan de amplia
autonomía respecto a los ciudadanos comunes y corrientes.
Al parecer la teoría determinó a la prácca y se estancó en un paradigma al
que hay poco interés en rebasar, ni siquiera en el discurso. Parece haber acuerdo
con Ortega y Gasset para quien la políca es un sistema de soluciones adecuadas
para un sistema de problemas, lo que si acaso, podría ser la administración
políca –que va más allá de la administración pública, aunque la conene-. Por
supuesto que antes que nada hay que dilucidar que implica lo “adecuado” y
quién lo dene. Luego entonces, requerimos especicar que los polícos denen
los problemas que la administración debe abordar o considerar, e imponen las
soluciones, aunque sean con frecuencia inadecuadas, porque muchas veces se
sustentan en el interés parcular de los polícos o de los inuyentes, mientras la
sociedad debe aceptar esas soluciones y sus consecuencias, porque no le quedan
muchas opciones, aunque la afecten profundamente. Los polícos han separado
a la políca de la administración, de tal forma, que aun al votar, la gente no cree
que lo hace para determinar una agenda de gobierno132, sino que escoge a los
gobernantes en turno y pierde el control sobre sus actos.
Un tema de gran trascendencia para la convivencia social es que el
Estado dene al mal para luchar contra él. Sin embargo, con mucha frecuencia,
lo denido es lo que cuesona el manejo del poder, y es enfrentado desde la
ópca de la Razón de Estado, bajo el supuesto de que aquellos quienes “crican”
al gobierno “atacan” a la sociedad, porque el Estado al usurpar a la sociedad, la
convierte en parte de sí mismo frente a la críca proveniente de la sociedad, y
aunque su función es defenderla, arremete con todo contra los peligros, aunque
éstos sean expresiones de la sociedad misma que está descontenta con el manejo
del poder. El gobierno arremete contra los crícos bajo una supuesta defensa de
la sociedad, agrediendo a la libertad en su defensa. Este po de planteamiento
se sustenta en el “principio” que el sistema electoral lleva a los polícos a asumir
que ellos y solamente ellos, pueden hablar por la sociedad, y las voces disidentes
son acalladas con los recursos que ene el Estado y que con más frecuencia de
carretera –calle- cerca de su casa, o qué tanto puede inuir el individuo para beneciarse en lo personal de la acción
gubernamental. Este es de alguna manera el sustento básico de la formulación del “rational choice.”
132 Hay quién culpa de este fenómeno a la mercadotecnia política que vende a los candidatos como si fueran un
producto más. Esto aunque es correcto, es insuciente para explicar el fenómeno en toda su complejidad.

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