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Las leyes de 1914, 1930 y 1934

Autor:Bolfy Cottom
Páginas:181-216
 
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INTRODUCCIÓN
En estricto sentido el modelo jurídico que norma la protección de los
monumentos no sólo arqueológicos, sino históricos, artísticos e incluso
paleontológicos, inicia en este periodo. En el siglo XX, de acuerdo con
el criterio formal, es cuando más producción de leyes en esta materia
a habido; sin duda tal producción fue por el empuje, insistencia y en
general influencia de un ámbito especializado de la ciencia, la antropo-
logía, la historia, el derecho, la arquitectura y el ámbito artístico, sobre
todo el de la pintura, todos de corte nacionalista.
Como en áreas muy especializadas de la ciencia y la tecnología,
han sido los sectores interesados los que han demandado una mayor
atención a estos campos, lo que ha cobrado forma en políticas del
Estado mexicano; en mi opinión eso ha acontecido con el llamado
patrimonio cultural de interés nacional. Pero tal proceso, aún del ám-
bito estrictamente técnico, vale la pena estudiarlo y analizarlo, pues
independientemente de la posición que se pueda asumir con relación
a dichas normas, hay varios elementos polémicos o complejos que nos
dan idea de lo que en ese campo ha ocurrido.
EL DESARROLLO DE LA ANTROPOLOGÍA
Y LA NORMATIVIDAD DE LOS MONUMENTOS
En el contexto de la sociedad porfirista, la antropología había llegado
a un alto grado de desarrollo en los aspectos académico y de protección a
Capítulo III
Las leyes de 1914, 1930 y 1934
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los monumentos. En 1912 catedráticos del Museo Nacional, acordaron
clasificarla en tres grados y expedir para cada uno de ellos las constan-
cias respectivas. El primero era de antropología física, el segundo de et-
nología y el tercero de arqueología, estructurados de forma secuencial,
en el supuesto de que los primeros eran la base de los siguientes.256
El colapso del sistema educativo porfirista al llegar la Revolución
incluyó al museo, con todo y que en 1913 el huertismo le había incor-
porado a su estructura la antropometría escolar y la inspección de mo-
numentos. Se deshicieron los laboratorios y colecciones, y poco a poco
se fueron extinguiendo los servicios de antropometría criminal, peda-
gógica, militar y etnográfica, así como los cursos, que se trasladaron en
1915 a la Facultad de Altos Estudios, donde fueron desapareciendo.257
La reorganización educativa tenía que hacerse con base en otros
principios, entre los cuales, dadas las condiciones, el más importante
pareció ser el nacionalismo, que en realidad transitaba por un largo pro-
ceso formativo y respondía a la transformación de la estructura étnica
en otra clasista, con la burguesía a la cabeza. La toma de conciencia de
esa clase social coincidía con el desarrollo de México como nación.
En la última parte del siglo XIX, cuando de la tesis indigenista que
se expresó como rechazo al conquistador, y de la hispanista, que sólo
contemplaba la cultura mexicana a partir de la implantación de los
valores españoles, surgió la síntesis que asimiló el pasado indio y el
colonial en calidad de partes inseparables de nuestra historia. Se veía
como la lucha de la población para ascender al curso de la historia
universal y adquirir su propia fisonomía.258
Casi al finalizar la primera década del siglo XX Andrés Molina
Enríquez discutía el problema conceptual de la patria, afirmando que
ese era un concepto que todos creían tener y pocos eran capaces de
definir.259 Citó a Justo Sierra, quien identificó a la patria con el altar y
256
Dictamen de la Comisión de pr ofesores d el Museo Nacional, sobre la expedic ión de
títulos a los alumnos…, ene ro, 1912, en Boletín, vol. I, 1912, tom ado de M eyer Guala, 1966,
pp. 392-395.
257
Meyer Guala, 1976, p. 357.
258
Ese era el senti do y cont enido de la obra México a través de los siglos, la cual reunió
prácticamente a la intelectualidad de aquella época, sobre todo a varios que formaban parte del
grupo de Los Científicos, teniendo a la cabeza a Alfredo Chavero.
259
A. Molina Enríquez, 1909, p. 272.
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el hogar, definición que debía explicarse científicamente. En tal senti-
do explicaba que la patria respondía a la misma fuerza formatriz que
tendía a dar cohesión a los organismos, se manifestaba en la evolución
de la familia y alcanzaba a las sociedades de elevado desarrollo, como
producto de su unidad de origen, condiciones de vida, actividades e
ideales. Continuaba Molina Enríquez diciendo que patria no era si-
nónimo de raza, pueblo, sociedad o Estado, sino que era el resultado
moral que expresaba la relación entre la vida de una comunidad hu-
mana y la ocupación de un territorio. Era el lugar donde se nacía, pero
también la fuerza interior y exterior del conjunto social, que sólo se
lograba cuando los grupos tenían unidad de ideal y de hogar.260
Al exponer estos razonamientos cuestionaba el patriotismo de los
criollos al afirmar que la patria de aquéllos no era la mexicana, pues de-
cía que aquí nacían, pero vivían y se orientaban al extranjero. Al mismo
tiempo que criticaba a aquéllos, justificaba el mestizaje; así, afirmaba
que los mestizos sí tenían unidad de origen, religión, tipo, lengua, de-
seos, propósitos y aspiraciones; ellos, decía, jamás habían desesperado
de la patria, ni pensaron someterla a una nación extranjera;261 con ellos
era con los únicos que los indígenas podían asemejarse y fusionarse,
pues tenían en común el territorio y el peso de la esclavitud colonial.
Molina Enríquez criticaba el criterio que establecía que mientras en
la colonia el cristianismo había tenido absoluta eficacia, en la república
se le había dado ese valor a la educación, según planteamiento de los
positivistas. Su objeción se fundaba en que la escuela no podía acele-
rar en un corto lapso el curso de la evolución de miles de años, siendo
ilusorio creer que se corregirían deficiencias y desigualdades con la
difusión de determinados principios de enseñanza elemental.262
En esta discusión sobre la patria y la nación el problema indígena
era uno de los más álgidos, siendo la política indigenista una de las
prioridades del Estado mexicano, que imponía acciones, actitudes y
conductas integradoras a los propios indígenas, lo que a la larga de-
mostró su fracaso.263
260
Cf. ibidem, pp. 27-345.
261
Idem.
262
Cf. idem.
263
Alfonso Caso s.f., p. 2; Otón Mendizábal, Los problemas indígenas y su más urgente trata-
miento, en Juan Comas, 1964, pp. 143-151.

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