La interpretación conceptual - Segunda Parte - Justicia para erizos - Libros y Revistas - VLEX 582180226

La interpretación conceptual

Autor:Ronald Dworkin
Páginas:198-235
 
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VIII. LA INTERPRETACIÓN CONCEPTUAL
¿CÓMO ES POSIBLE EL DESACUERDO?
El razonamiento moral es interpretación, pero no es interpretación co-
laborativa o explicativa. Corresponde al tercer tipo que distinguí en el
capítulo anterior: la interpretación conceptual. Hay una gran variedad
de conceptos morales que son el producto de una elaboración colectiva:
los conceptos, por ejemplo, de razonabilidad, honestidad, confi abili-
dad, discreción, decencia, responsabilidad, crueldad, ruindad, insensi-
bilidad, engaño y brutalidad, así como los conceptos políticos especia-
les de legitimidad, justicia, libertad, igualdad, democracia y derecho.
Desarrollamos nuestra personalidad moral cuando interpretamos qué
es ser honesto, razonable o cruel, qué acciones del gobierno son legíti-
mas o cuándo se ha transgredido el Estado de derecho. En la interpre-
tación conceptual, la distinción entre autor e intérprete desaparece:
hemos creado juntos lo que juntos y cada uno por su lado interpreta-
mos. Gran parte de la larga historia de la fi losofía es una historia de
interpretación conceptual. Los fi lósofos interpretan los conceptos que
estudian de manera mucho más autoconsciente y profesional, pero
también contribuyen a crear lo que interpretan.
El título de esta sección debe parecer extraño. En materia de moral
y política tenemos coincidencias y discrepancias, claro está. Participa-
mos en campañas porque coincidimos y libramos guerras porque dis-
crepamos. Pero detengámonos a considerar qué es lo que hace esto po-
sible. Muchas palabras suenan igual pero tienen signifi cados diferentes,
y este hecho lingüístico puede generar acuerdos cómicamente espurios.
Si usted y yo estamos de acuerdo en reunirnos mañana en el banco y
usted se refi ere a un asiento de la plaza y yo a una entidad bancaria,
nuestro acuerdo es ilusorio, como no tardaremos en comprobarlo. Tam-
bién parecemos asociar signifi cados diferentes a las palabras que usa-
mos para expresar conceptos morales. Cuando creemos discrepar sobre
si un impuesto progresivo a los ingresos es injusto, por ejemplo, tal vez
resulte —probablemente resultará— que nuestros tests de injusticia son
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muy distintos. Yo puedo estimar que una ley es injusta si menoscaba los
frutos de un mercado económico libre, y usted, si incrementa el sufri-
miento general. ¿Por qué, entonces, nuestro aparente desacuerdo no es
ilusorio como nuestro presunto acuerdo en el caso del banco?
TIPOS DE CONCEPTOS
En este capítulo sostengo que podemos explicar el acuerdo y el desa-
cuerdo genuinos en cuestiones morales solo si distinguimos entre los
tipos de conceptos que utilizamos y, para separarlos, identifi camos las
diferentes maneras que tiene la gente de compartirlos. Todos los con-
ceptos morales y políticos que enumeré unos párrafos antes son ejem-
plos de un tipo que llamaré “interpretativo”. Compartimos un concepto
interpretativo cuando la mejor explicación que podemos dar de nuestro
comportamiento colectivo al utilizarlo consiste en hacer que su uso
correcto dependa de la mejor justifi cación del papel que cumple para
nosotros. La mejor manera que tengo de desarrollar esa compleja idea
pasa por tratar en primer lugar de explicar cómo compartimos concep-
tos que no son interpretativos: el concepto de banco, por ejemplo, o los
de libro, triángulo equilátero o león.
Algunos de nuestros conceptos son criteriales en este sentido: com-
partimos el concepto cuando pero solo en la medida en que usamos los
mismos criterios para identifi car ejemplos. La gente comparte el con-
cepto de triángulo equilátero, pongamos por caso, cuando todos usan
un test específi co —las fi guras cuyos tres lados son iguales son triángu-
los equiláteros— para identifi car especímenes. En algunas circunstan-
cias, las personas que comparten un concepto de esta manera caen, no
obstante, en un desacuerdo ilusorio sobre su uso apropiado. Los crite-
rios que compartimos en lo concerniente a un triángulo equilátero son
precisos, pero los que compartimos para aplicar otros conceptos crite-
riales no lo son. Si discrepamos en apariencia acerca de si nuestro co-
mún amigo que está perdiendo el pelo ya está calvo, aun cuando coin-
cidamos en nuestra apreciación de la cantidad de pelo que efectivamente
tiene, nuestro aparente desacuerdo es espurio o, como a veces decimos,
solo verbal. Nuestro aparente desacuerdo sobre la cantidad de libros
que hay sobre la mesa es ilusorio si usted cuenta como libros los folle-
tos grandes y yo no. Tal vez podamos decir que los conceptos de calvicie
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y libro son conceptos criteriales vagos porque, si bien la gente coincide
mayormente en cuanto a los criterios correctos para su aplicación, di-
ere en lo tocante al campo de aplicación que cada uno considera mar-
ginal. Es razonable decir o bien que en esas circunstancias comparti-
mos el concepto porque utilizamos los mismos criterios en casos
normales o que los conceptos que utilizamos tienen una diferencia tan
leve que deberíamos tratarlos como si fueran uno solo. El quid es el
mismo: la identidad de nuestros criterios hace que el desa cuerdo sea
genuino cuando lo es.
Sin embargo, si tratamos todos nuestros conceptos como criteriales
no podemos explicar el modo en que hacen posible el acuerdo y el desa-
cuerdo. Digamos que usted y yo discrepamos en cuanto a si un animal
con que nos topamos en Piccadilly es un león, y resulta que yo identifi co
a los leones por el tamaño y la forma, y usted, solo por lo que considera
su comportamiento distintivo. Yo digo que el animal que hemos visto es
un león porque se asemeja a un león, y usted lo niega porque, en vez de
rugir, el animal habla un inglés con acento. Estamos utilizando criterios
muy diferentes y aun así estamos realmente en desacuerdo. No habla-
mos, como en el caso del “banco”, de cosas por completo diferentes.
Nuestro desacuerdo tampoco es fi cticio porque el concepto de león es
vago. En el caso de la calvicie, una vez que entendemos que nuestros
criterios difi eren en cierto campo y aceptamos que este es para ambos
de carácter fronterizo, coincidimos en que no estamos realmente en
desacuerdo.1 Pero en el caso del león, aun después de entender que
utilizamos criterios identifi cadores muy diferentes, insistimos en califi -
car de genuino nuestro desacuerdo. Aún discrepamos en cuanto a si la
bestia que está cerca del Ritz es realmente, como parece ser, un león.
Debemos decir que algunos conceptos no son criteriales sino más
bien (como ahora los llaman muchos fi lósofos) de “clase natural”.2 No
hace falta que nos demoremos en el carácter exacto de estos conceptos,
sobre los cuales los fi lósofos discrepan, pero podemos decir (de manera
muy aproximada, aunque adecuada para nosotros en este punto) que
las clases naturales son cosas que tienen una identidad fi ja en la natura-
leza, como un compuesto químico o una especie animal, y que las per-
sonas comparten un concepto de clase natural cuando lo usan para re-
ferirse a la misma clase natural. La gente puede referirse a la misma
clase natural aun cuando use, y sepa que usa, diferentes criterios para
identifi car ejemplos. Usted y yo suponemos que “león” denomina una

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