Discurso pronunciado por el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, don Venustiano Carranza, en la sesión inaugural del Congreso Constituyente de Querétaro, celebrada el viernes 1 de diciembre de 1916 - Archivo histórico de su Proyecto de Reformas, intervenciones y comunicaciones - Venustiano Carranza frente al Congreso Constituyente - Libros y Revistas - VLEX 682925205

Discurso pronunciado por el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, don Venustiano Carranza, en la sesión inaugural del Congreso Constituyente de Querétaro, celebrada el viernes 1 de diciembre de 1916

Páginas:33-54
 
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Discurso pronunciado por
el Primer Jefe del Ejército
Constitucionalista y encargado
del Poder Ejecutivo de la Unión,
don Venustiano Carranza,
en la sesión inaugural del
Congreso Constituyente de
Querétaro, celebrada el viernes
1 de diciembre de 1916
Ciudadanos Diputados:
Una de las más grandes satisfacciones que he tenido hasta hoy, desde
que comenzó la lucha que, en mi calidad de gobernador constitucional del
estado de Coahuila, inicié contra la usurpación del Gobierno de la República,
es la que experimento en estos momentos, en que vengo a poner en vuestras
manos, en cumplimiento de una de las promesas, que en nombre de la revo-
lución hice en la heroica ciudad de Veracruz al pueblo mexicano: el proyecto
de Constitución reformada, proyecto en el que están contenidas todas las re-
formas políticas que la experiencia de varios años, y una observación atenta y
detenida, me han sugerido como indispensables para cimentar, sobre las bases
sólidas, las instituciones, al amparo de las que deba y pueda la nación laborar
Archivo histórico de su Proyecto de Reformas,
intervenciones y comunicaciones
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últimamente por su prosperidad, encauzando su marcha hacia el progreso por
la senda de la libertad y del derecho: porque si el derecho es el que regulariza
la función de todos los elementos sociales, fijando a cada uno su esfera de ac-
ción, ésta no puede ser en manera alguna provechosa, si en el campo que debe
ejercitarse y desarrollarse, no tiene la espontaneidad y la seguridad, sin las que
carecerían del elemento que, coordinando las aspiraciones y las esperanzas
de todos los miembros de la sociedad, los lleva a buscar en el bien de todos
la prosperidad de cada uno, estableciendo y realizando el gran principio de la
solidaridad, sobre el que deben descansar todas las instituciones que tienden a
buscar y realizar el perfeccionamiento humano.
La Constitución Política de 1857, que nuestros padres nos dejaron como legado
precioso, a la sombra de la cual se ha consolidado la nacionalidad mexicana;
que entró en el alma popular con la guerra de Reforma, en la que se alcanzaron
grandes conquistas, y que fue la bandera que el pueblo llevó a los campos
de batalla en la guerra contra la intervención, lleva indiscutiblemente, en sus
preceptos, la consagración de los más altos principios, reconocidos al fulgor
del incendio que produjo la revolución más grande que presenció el mundo en
las postrimerías del siglo , sancionados por la práctica constante y pacífica
que de ellos se ha hecho por dos de los pueblos más grandes y más poderosos
de la tierra: Inglaterra y los Estados Unidos.
Mas, desgraciadamente, los legisladores de 1857 se conformaron con la
proclamación de principios generales que no procuraron llevar a la práctica,
acomodándolos a las necesidades del pueblo mexicano para darles pronta y
cumplida satisfacción; de manera que nuestro código político tiene en general
el aspecto de fórmulas abstractas en que se han condensado conclusiones
científicas de gran valor especulativo, pero de las que no ha podido derivarse
sino poca o ninguna utilidad positiva.
En efecto, los derechos individuales que la Constitución de 1857 declara que
son la base de las instituciones sociales, han sido conculcados de una manera
casi constante por los diversos gobiernos que desde la promulgación de aquélla
se han sucedido en la República: las leyes orgánicas del juicio de amparo ideado
para protegerlos, lejos de llegar a un resultado pronto y seguro, no hicieron
otra cosa que embrollar la marcha de la justicia, haciéndose casi imposible
la acción de los tribunales, no sólo de los federales, que siempre se vieron
ahogados por el sinnúmero de expedientes, sino también de los comunes cuya
marcha quedó obstruida por virtud de los autos de suspensión que sin tasa ni
medida se dictaban.
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