Anticlericalismo en México 1824-1891 - Clero, Estado y sociedad en México, siglo XIX - El anticlericalismo en México - Libros y Revistas - VLEX 686763017

Anticlericalismo en México 1824-1891

Autor:Marta Eugenia García Ugarte
Cargo del Autor:UNAM-IIS
Páginas:319-350
 
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En México siempre ha habido posturas anticlericales. El comporta-
miento de algunos sacerdotes y obispos, inclusive su prepotencia, abu-
sos, corrupción y doble comportamiento moral ha suscitado el rechazo
de la población tanto en el pasado como en la actualidad. No obstante,
en el siglo XIX las posiciones anticlericales tenían un fondo mucho
más complejo: la Iglesia ocupaba algunos de los espacios públicos que
deberían de corresponder al Estado (la educación, la beneficencia, los
registros de población, los cementerios, entre otros) y disputaba, por
la fuerza económica que disfrutaba y el control que tenía sobre las
conciencias, el poder social y político que el Estado nacional requería
para constituirse como tal. La Iglesia católica se autoafirmaba como la
base de la identidad mexicana y se definía como una sociedad perfecta,
autónoma y soberana frente al Estado. Algunos de los gestores de la
independencia pensaban que si la Iglesia conservaba todos sus bienes,
privilegios, su inmunidad y soberanía, el Estado mexicano que apenas
surgía en 1821 nunca consolidaría su autonomía soberana. Era una
situación que tenía que afrontarse a través de una reforma eclesiástica.
El propósito reformista, que se hacía desde la catolicidad que la
mayoría practicaba, en un primer momento buscó el apoyo del papa,
sobre todo en lo referente a la reforma del clero regular. Pero la reforma,
que se fue definiendo en el proceso de construir la nación, fue más allá
de lo estipulado en 1824: atentaría contra el poderío del clero como
Marta Eugenia García Ugarte*
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*UNAM-IIS.
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cuerpo social. En ese sentido, conllevaba el enfrentamiento con los
eclesiásticos, quienes, como era de esperarse, defenderían sus bienes,
inmunidades y privilegios.
El empeño de los políticos por consolidar el Estado y el del clero
por conservar sus privilegios, le dio a la lucha, que corre a lo largo del
siglo XIX, un carácter violento. Tanto así que las expresiones anticleri-
cales, que surgieron desde la celebración del Congreso Constituyente
de 1823-1824, parecen factores de poca importancia ante los levanta-
mientos armados en defensa de los derechos de la Iglesia o de aquellos
que lo hacían en defensa de los derechos del Estado y, también, por
intereses particulares de poder.
Las propuestas reformistas, apenas perfiladas, fueron relegadas o
pospuestas porque la población ilustrada del país, de índole católica,
incluyendo a los políticos, no estaban a favor de cambios radicales, sino
que preferían que se avanzara poco a poco, sin sorprender a nadie. Entre
los asuntos en discusión, que seguirán siendo foco de conflicto hasta la
reforma emprendida por los triunfadores del Plan de Ayutla, se encuen-
tran, entre otros: la tolerancia religiosa, la disciplina eclesiástica, el manejo
de las rentas, la venta de los bienes eclesiásticos, la participación del clero
en la educación o la necesidad de erradicar la religión de la enseñanza,
principio que más tarde abriría la puerta al proyecto de ofrecer una edu-
cación laica.1 Algunos de esos contenidos se incluyeron en la reforma
de Valentín Gómez Farías de 1833.
Los liberales, actores esenciales de la reforma eclesial del siglo XIX,
no estaban en contra de la Iglesia. Estaban en contra del predominio
del clero, de sus abusos, y de su empeño en conservar sus privilegios
y el control social y económico. De ahí que el anticlericalismo del siglo
XIX aparece como una forma ideológica de la construcción del Estado.
Las posturas anticlericales sobrevivieron el periodo de la violencia
armada y, desde 1867, se instalaron en el seno de la sociedad mexicana,
no con el carácter político que las había definido, en el marco de las
1Por lo general, se considera que las nuevas ideas fueron introducidas por la masonería del
rito escocés que fue la primera en llegar a México, con las tropas españolas, en 1806. Aun cuando
ellos estaban a favor de la reforma clerical, sus ideas eran más moderadas que la logia del rito
yorkino, fundada en 1825.
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relaciones Estado-Iglesia, sino como expresión de un proceso diferen-
te: el de la secularización de la sociedad mexicana como resultado de
cuatro procesos mutuamente relacionados:
a) El establecimiento del Registro Civil, que restó importancia a
los sacramentos del bautismo y el matrimonio, y la secularización de los
cementerios que eliminó, como efecto no esperado, el control ejercido
por la Iglesia sobre las conciencias. El control estatal de los cemen-
terios había igualado a todos los individuos a la hora de la muerte.
Ni el origen social ni el lugar de nacimiento ni la religiosidad que
practicaran y mucho menos el poder económico, tenían peso alguno
al momento de ser enterrado. Si en un principio la Iglesia todavía ha-
blaba de cementerios violados porque habían sido enterrados algunos
protestantes, o algunos excomulgados, desde la década de los ochenta
del siglo XIX el asunto dejó de ser parte de la reflexión eclesiástica.
b) El empeño educativo del Estado mexicano y el carácter laico y
obligatorio que asumió la enseñanza elemental. El discurso anticlerical
que se sostenía en las escuelas municipales, establecidas en la mayor
parte del país, empezaron a cambiar la mentalidad de los jóvenes hasta
en los lugares más remotos. La contraofensiva eclesial, multiplicando
las escuelas católicas, fue insuficiente: era difícil convencer a aquellos
educados bajo la doctrina oficial que la libertad de pensar y actuar como
ciudadano iba en contra de sus intereses católicos. De esa manera se
fortaleció la separación de la fe y la religión de la vida cotidiana.
c) La difusión de la masonería y del protestantismo minaron la
hegemonía católica. Los convertidos a los nuevos grupos religiosos no
fueron mayoría, pero su presencia en las ciudades, en los lugares de
trabajo, minas, fábricas y haciendas y en algunos pueblos fue suficien-
te para mostrar la fuerza de las nuevas ideas.
d) El énfasis anticlerical de las interpretaciones históricas que
empezarían a elaborarse a partir del triunfo de 1867 fortaleció la se-
paración Iglesia-Estado y la secularización de la sociedad. El empeño
por explicar el triunfo de la reforma liberal sobre los conservadores y
de la república sobre el trágico imperio de Maximiliano de Habsburgo
propició la construcción de una historia que, al ensalzar los hechos
liberales, demolía los fantasmas y enemigos del pasado, la reacción y

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