¿Hacia dónde va la ciudadanía social? (De Marshall a Sen)

Andamios. Revista de Investigación SocialNúm. 9, Diciembre 2008Artículos

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Resumen


La noción de ciudadanía social, tal y como fue formulada por Marshall a mediados del siglo pasado, se encuentra en una situación de crisis cuya señal más evidente es el impacto de las políticas privatizadoras iniciadas por los gobiernos neoliberales en 1980. En el presente trabajo, se plantea la necesidad de abrir un espacio de debate sobre su futuro, que va ligado a la revisión de lo que entendemos por bienestar. En la obra del economista Amartya Sen, es posible encontrar patrones que permiten ir en esta dirección para preguntarse, en última instancia, si ha llegado el momento de pasar de hablar de un bienestar orientado a cubrir necesidades a otro cuyo objetivo sea la creación de capacidades.

PALABRAS CLAVE: Bienestar, capacidades, ciudadanía social, Marshall, Sen.

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Extracto


¿Hacia dónde va la ciudadanía social? (De Marshall a Sen)

En el célebre e influyente ensayo Ciudadanía y Clase Social, el historiador de formación y sociólogo de profesión T. H. Marshall realizó una contribución esencial a la socialdemocracia británica: presentar un modelo coherente de relación de convivencia entre las instituciones del capitalismo, la democracia y el bienestar. O lo que es lo mismo, elaborar un modelo de ciudadanía en el que las dimensiones civil y política -los derechos necesarios para la libertad individual y el derecho a participar en el poder político, respectivamente- no estuviesen reñidas con la dimensión social -el derecho a un bienestar material "mínimo" universalmente reconocido.

Las razones de Marshall para añadir una dimensión social a la ciudadanía son bien conocidas: no se puede disfrutar de una ciudadanía plena en los planos civil y político en ausencia de determinadas condiciones previas, las cuales están ligadas, directa o indirectamente, a los recursos materiales que hacen posible una vida digna. Primero, porque es innegable que el ejercicio de la ciudadanía política estaría cerca de ser meramente nominal si no se garantiza a todos los ciudadanos una educación básica, un mínimo de seguridad económica y ciertos servicios sociales; segundo, porque la propia legitimidad del sistema democrático estaría siempre en cuestión, en ausencia de esas mismas condiciones; y tercero, porque la validez del modelo universal e integral de ciudadanía del proyecto liberal depende -como lo ha apuntado Dahrendorf (1997: 145)- de que el disfrute de los derechos cívicos se extienda a todas las capas de la sociedad, sin excepciones de ningún tipo.1

Si bien el propio Marshall reconoce que la ciudadanía social tiene sus límites, en el sentido de que no puede revertir la lógica antiigualitaria del modelo de producción capitalista, defiende que, en última instancia, produce "un enriquecimiento general del contenido concreto de la vida civilizada" (Marshall y Bottomore, 1998: 59).

Las compensaciones y prestaciones del Estado de bienestar implantaron las condiciones capaces de hacer factible este planteamiento. Durante casi treinta años, el desarrollo paulatino de un modelo de ciudadanía basado en el reconocimiento de derechos sociales en áreas como la sanidad, la educación o el empleo, dentro de un marco general de crecimiento económico sin precedentes, contribuyó a que se expandiera la sensación de que era posible compatibilizar las desigualdades generadas por el modelo de producción capitalista con la promesa formal de la igualdad política de la democracia. El viejo sueño de los teóricos del liberalismo tenía visos de ha...

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